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Cábala, Astrología

Árbol de la Vida Astrológico 1

Ante el vertiginoso avance en la masificación de la astrología, quienes trabajamos con el Árbol de la Vida nos encontramos frente a un dilema: el recorrido descrito por el Árbol no siempre coincide con el orden astrológico y astronómico de los planetas.

Se puede observar consenso en las correspondencias desde la esfera de la Tierra (Maljut) hasta la del Sol (Tiféret), las cuales coinciden con el orden astronómico del sistema solar y que en astrología comprende los luminares (Sol y Luna) y los planetas personales* Venus y Mercurio con excepción de Marte, que aparece después de Júpiter, aunque el orden en que orbitan nuestro astro mayor sea al revés. Con los planetas transpersonales, que fueron descubiertos mucho después, el disenso se hace más evidente.

 

Los planetas personales son los que tienen tránsitos más rápidos y también considera los luminares, en total son: Sol, Luna, Mercurio, Venus y Marte.

 

El Árbol de la vida como máquina relacionante, es una estructura semántica que ha perdurado no solo por su efectividad funcional a la hora de mapear el mundo espiritual, sino también por su capacidad de adaptación. Así podemos encontrar distintas interpretaciones como la hebrea, la cristiana, la gnóstica y la del siloísmo, por poner algunos ejemplos, que responden a sus respectivos contextos geográficos, culturales e históricos.

¿Cómo podemos discernir si una determinada estructura de correspondencias es funcional o no? La respuesta a esta pregunta es compleja, pero por el momento consideraremos que es funcional en tanto el orden estructural de los significados construya una narrativa coherente, por lo que a continuación realizaré un primer esbozo de la trayectoria a seguir, concatenando los significados astrológicos de los planetas, según el orden en que orbitan el Sol.

Partamos esta travesía planetaria desde la base del Árbol.

Desde el planeta Tierra (Maljut), que representa al mundo donde se manifiesta la experiencia de nuestra vida y es el punto de referencia para observar el universo estrellado, damos un salto hasta la Luna (Yesod), que al iluminar la noche con la luz reflejada del Sol, funciona como alegoría del mundo emocional que subyace a nuestras acciones y personalidad.

La Luna siempre mira al Sol, por ello el recorrido se inicia hacia el centro del sistema solar, donde nuestra primera parada es Venus (Netzaj), el planeta que nos hace conscientes de la existencia de los otros, es el amor en el sentido que le da Maturana: la observación del otro como un otro válido.

Ante la presencia de un otro equivalente a mí, es que emerge la necesidad del lenguaje, que corresponde a Mercurio (Hod), el planeta de la comunicación, forjador de las palabras que dan forma al mundo conocido. Así el Ser, dotado de lenguaje, puede por primera vez identificarse a si mismo como tal, la necesaria distinción de él con el entorno circundante (lo que no es él), como dijera Wittgenstein “el lenguaje es la casa del Ser”. Así es como llegamos al Sol (Tiféret).

El Sol representa nuestra esencia, lo que somos, la construcción de lenguaje con la que damos unidad a nuestra propia identidad. Ya que solo cuando desde el mundo emocional (Luna), observamos al otro (Venus), emerge el lenguaje (Mercurio), con el que describimos nuestra esencia (Sol).

Hasta aquí todo bien, dijo el pavo entrando al horno.

En el Sol, el Ser ha cobrado plena consciencia de su individualidad, de su cuerpo y de su mente, es entonces cuando descubre su posibilidad de actuar sobre el mundo, y de ahí en más ya no será más Ser, sino Estar. Cuando observamos el fenómeno de experimentar nuestra propia vida, nos encontramos siempre en la acción, en el verbo (incluso dormir o desmayarse son verbos) y la acción es el ámbito de Marte (Cheesed).

La energía del Sol, el saber que uno “es”, nos permite realizar el largo salto hasta Marte, quién en su acción permanente va decidiendo el sentido de la vida, ya que si bien a cada instante se nos presentan múltiples posibilidades de elección, no podemos seleccionarlas todas al mismo tiempo. Así el Ser construye su propia narrativa a partir de las decisiones de acción que ha tomado, por ello somos lo que hemos hecho. La suma de las acciones propias y las de los demás son las que alimentan la expansión de Júpiter, que se alza como representante del mundo social y de las estructuras que lo componen (Gevurá).Desde el ámbito jupiteriano de lo social, que es la base del mundo material, es decir de lo que llamamos “realidad”, comienza el desafío de mago. La práctica mágica implica romper los límites de lo posible, burlar el principio de realidad para materializar anomalías, que ocurra lo imposible. Esta frontera es la restricción que simboliza Saturno (Daat), el abismo que debe ser sorteado para conseguir el conocimiento superior.

Quién logre superar los límites saturninos llegará a Urano (Chojmá), planeta revolucionario, contenedor de las ideas más allá de lo permitido, del saber sin censuras, origen de milagros y desgracias. Esta experiencia construye un nuevo entendimiento sobre la realidad total, la estructura latente que se esconde en la profundidad de los mares regidos por Neptuno (Biná).

Aplicando un modelo dialéctico, podemos ver que a medida que escalamos el Árbol, vamos deconstruyendo analíticamente el Ser, que ya no nos aparece como una unidad, si no como ámbitos diferenciados. Al sobrepasar la frontera de la realidad nos sumergimos en el mundo trascendente, donde Urano se instala como antítesis de la tesis saturnal, contradicción que se sintetiza en Neptuno, lo cual nos abre las puertas hacia la conexión con lo que está más allá, representado por Plutón (Kéter), llamado el embajador celestial, por ser el más lejano al Sol.

Lo anterior es el primer borrador que esbozo hacia una observación astrológica del Árbol de la Vida, es una invitación al debate sobre algunas correspondencias que damos por sentadas ciegamente, solo por creencia, sin reflexionar el sentido que tienen en nuestra construcción de reductores de complejidad que nos permitan orientar las decisiones con las que construimos el sentido de nuestra vida.

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