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Magia

La Trampa de la Voluntad

El 1888 se funda la Golden Dawn, grupo descolgado de la masonería dedicado a investigar los grimorios de la tradición ocultista, del que derivaron directa o indirectamente todas las vertientes mágicas del siglo XX, del Thelema al caoísmo. Hasta ese momento histórico podemos rastrear la incorporación de la voluntad a la disciplina mágica, que no es tratada en los grimorios antiguos, por lo que debemos entenderla en su contexto histórico.

La cuestión sobre la voluntad, no es propia ni exclusiva de la Magia, es un tópico que desarrollaron filósofos de la talla de Shopenhauer y Nietzche y que se pone de moda entre la aristocracia europea en el marco del darwinismo social (tergiversación del evolucionismo, planteada por el inglés Hebert Spencer), según el cual hay personas y grupos más evolucionadas y por tanto superiores, lo que resultaba funcional para justificar la esclavitud, la colonización y la explotación de la clase trabajadora en el marco de la revolución industrial en ciernes. Con el tiempo su aplicación se extendería, siendo tomada por el socialismo escudado en la “voluntad popular” y sirviendo de justificación para los fascismos de base obrera, de hecho la película favorita del führer era El Triunfo de la Voluntad.

Más allá del interminable debate filosófico y de los fundamentos metafísicos basados en incuestionables dogmas revelados, para poder acercarnos a esta interrogante tenemos que entenderla como un fenómeno observable dentro del horizonte de posibilidades que ofrece la experiencia humana. Desde este punto de observación preguntarnos “qué es” la voluntad resulta infructuoso, ya que las distintas vertientes filosóficas se pierden en argumentos sofistas lejanos a la realidad, en cambio aquí nos preguntaremos ¿Qué condiciones son necesarias para que observemos la voluntad en nuestra experiencia cotidiana?

La voluntad aparece siempre en la comunicación para describir el comportamiento de un determinado sistema consciente, por lo que primero se requiere un observador que se encuentre observando a otro observador (que puede ser uno mismo). Para que atribuyamos la presencia o ausencia de voluntad, el sistema observado debe tener un deseo insatisfecho, un objetivo por conquistar, es decir una carencia, y en virtud de su capacidad para conseguirlo evaluaremos su voluntad.

Por ejemplo, si no deseo dejar de fumar, la cuestión de la voluntad no aparece, por otra parte si me he propuesto dejar el hábito y lo he hecho, puedo describir ese proceso de mi historia personal como un fenómeno asociado a la voluntad, es decir, cosa del pasado. Ahora, mientras yo me encuentre en el proceso de dejar el cigarrillo, puedo hacer manifiesta (observable) mi voluntad, por ejemplo reuniéndome con fumadores sin sucumbir al deseo, o la ausencia de voluntad, si hago expresa mi intención de dejarlo, pero sigo fumando.

Tenemos que considerar que a diario experimentamos infinidad de deseos, pero no pretendemos satisfacerlos todos, en cambio, cuando escogemos un deseo como orientador de nuestras decisiones dentro de la estructura de expectativas, lo denominamos objetivo. Sin objetivo no hay voluntad.

Los objetivos nos desacoplan del presente, ya que no estamos pensando en el ahora, si no en una situación futura, la cual evaluaremos como éxito siempre que se configure una delimitada cantidad de variables. Sin embargo, hay una cosa cierta que sabemos del futuro, es que será indiscutiblemente distinto del presente, es decir que tomamos la decisión con la información actual, sobre un futuro donde dicha información será caduca.

Por otra parte, la delimitada configuración de variables que de ocurrir determinarían el éxito, es decir el cumplimiento de la voluntad, es un pequeño espacio de probabilidad, en el inabarcable mar de posibilidades inciertas que nos depara el futuro. Si tomamos en cuenta que nos fijamos objetivos solo sobre cosas que exceden la estructura de expectativas, es decir, sobre cosas improbables, podemos afirmar que toda fijación de objetivos probabiliza el fracaso.

Visto desde esta perspectiva la voluntad deja de tener ese aire de valor superior que debe ser venerado, ya que es dependiente siempre de una carencia, por tanto quién consagre su vida a la voluntad estará condenado a una vida incompleta, buscando siempre nuevos deseos insatisfechos que permitan hacer manifiesta la voluntad.

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