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Cábala, Magia

Qábala Cibernética & Magia Contemporánea I

Quien quiere salir a caminar por gusto no necesitará más que sus pies, en cambio, el que se propone escalar el Éverest, estará condenado sin un mapa. De la misma forma, el mago requiere de un mapa que le permita orientarse en el lado desconocido de la realidad, pues es más allá de la frontera de lo posible desde donde opera la Magia.

El árbol de la vida, en tanto máquina relacionante, ha servido por largo tiempo como brújula a los marineros que se aventuran en la eterna latencia de lo desconocido, sus esferas señalan, como puertos, los principales temas de la vida, tanto en lo terrenal como en lo espiritual, y sus senderos orientan las mareas que los guiarán a la deriva.

Si bien la operación de la máquina permanece, las explicaciones que se le atribuyen se han diversificado desde los sumerios, por lo que hoy encontramos interpretaciones hebreas, cristianas y gnósticas, entre otras. La existencia de distintas semánticas elaboradas para entender el Árbol, con sus coincidencias, contradicciones e incompatibilidades, nos permite observar la necesidad de distintas sociedades de adecuar sus significados ya sea por factores epocales, culturales o ideológicos, pero conservando la estructura relacional.

Esta plasticidad le ha permitido a la máquina Árbol conservarse como un efectivo reductor de complejidad para el trabajo espiritual, gracias a su compatibilidad con diversas configuraciones. Así es como a las distintas esferas y senderos se les asignan ángeles, demonios, cartas del tarot, animales, colores, hexagramas, signos zodiacales, planetas, numerologías, panteones y hasta personajes de libros o videojuegos.

"Reducción de complejidad significa mantenimiento selectivo de un ámbito de posibilidades con bases estructurales. El mantenimiento y la reducción de complejidad dependen de dichas estructuras, que preseleccionan las posibilidades de relacionar elementos entre sí."
Claudio Baraldi

Las tradiciones tienen la tendencia a estancarse en la programación semántica en la que se fundan sus explcaciones, atribuyéndole verdades absolutas y trascendentes a los significados, que no es otra cosa que confundir el mapa con el territorio. Desde aquí emerge la propuesta de reprogramación semántica, conservando la estructura sistémica, a partir de la espistemología de la cibernética de segundo orden y de los sistemas autopoiéticos, con el objeto de que la operación de la máquina produzca rendimientos explicativos que nos permitan procesar la incertidumbre observada en el mundo actual.

El Árbol Cibernético

Comencemos desde la base, desde el inicio de todo lo que conocemos, la esfera inferior del Árbol, a la que llamaremos Experiencia. Mucho se habla de lo concreto, lo real, lo material, todas nociones discutibles y cuestionables. La única verdad irreductible e innegable es que en este momento tengo la Experiencia de estar aquí, haciendo lo que estoy haciendo y sintiendo lo que estoy sintiendo. Más adelante puedo darme cuenta de que en realidad soñaba que estaba despierto o que era una alucinación producto de las drogas, pero esas reflexiones ocurrirán necesariamente después de haber vivido la Experiencia, por lo que es imposible que la reemplacen.

La Experiencia para cada uno de nosotros es un fenómeno unitario, simplemente vivimos el instante presente, el único que tenemos. Es al adoptar una consciencia analítica de la observación de nuestra propia Experiencia que comenzamos a distinguir y nombrar las Formas, las cuales emergen en el horizonte de la experiencia como catálogo de posibilidades para ordenar las diferencias que distinguimos en el vivir. Las Formas se constituyen en la segunda esfera del árbol, la madre de todas las cosas.

La distinción de Formas se convierte entonces en la operación básica para procesar la Experiencia del fenómeno de la realidad que vivenciamos cotidianamente y es de entre las Formas que distinguimos al otro. Aquí emerge la esfera del Amor, en el sentido que le da Humberto Maturana “la observación de un otro en tanto otro válido”, es el abandono del solipsismo, el incorporar a mi construcción de la realidad a seres de igual valor, con la misma capacidad de construir su realidad que yo.

Desde el Amor emerge la esfera del Lenguaje, ya que solo ante la experiencia del otro la comunicación se vuelve necesaria, dando origen a las palabras, que son funcionales en tanto nos sirven para nombrar las Formas al otro, con lo que se comienza a tejer la malla de la realidad social en la que vivenciamos nuestra Experiencia cotidiana.

Si bien el Lenguaje restringe las posibilidades a aquello que puede ser nombrado, a la vez delimita un medio de complejidad estructurada, pero creciente. Ante la incertidumbre generada por este ámbito es que el Ser toma conciencia de si, debido a la necesidad de establecer su posición, fijar su centro, la atalaya desde la que ordenará los fenómenos de su Experiencia. Es la esfera del Observador, morada de la identidad.

Pasamos entonces a ser conscientes de la esfera Complejidad. El Observador ahora es capaz de distinguir y seleccionar entre la multiplicidad de combinaciones de Formas en la Experiencia que permite el Lenguaje, ante él se despliegan todas las posibilidades como un mar de opciones latentes, desde el cual el Observador va tomando las elecciones que alimentan la esfera Sentido.

En el Sentido toda la estructura de la realidad conocida se ordena, la continua concatenación de selecciones actualizadas desde un mar de opciones latentes construye el Sentido de la existencia y mientras se reproduzca la operación de selección, el Oservador continuará operando. Hasta aquí llega el mundo conocido, más allá del Sentido tenemos el gran Abismo, el límite de lo posible, la frontera con el más allá, el mundo de las ideas, terreno de todas las moradas de los dioses, hábitat de todos los panteones.

La posibilidad de saltar el Abismo dependerá de la semántica de Sentido que le demos a nuestra Experiencia, proceso que desemboca en la Reflexión, operación que exige al observador la observación de segundo orden de su propio observar, es decir, en la Reflexión el observador observa la forma en que se observa lo que observa.

Reflexionar implica desapego del saber, ya que quien sabe que sabe no necesita la Reflexión y se enclaustra en su saber. Desde ahí el Ser puede pararse como Observador de las dos caras que hacen posible la realidad, lo conocido y lo desconocido, pero para poder operar desde esta diferencia requiere construir una estructura semántica acorde, el Sistema.

El Sistema es la estructura que delimita las posibilidades de combinaciones de las Formas en el mundo, es el filtro que criba lo que es posible en este mundo, de lo que pertenece al más allá, es el código del programa que genera la realidad, al cual solo puede accederse mediante la Reflexión, de lo contrario las limitaciones se vivencian sin ser conscientes de ellas.

La observación sistémica del fenómeno de la experiencia de nuestro vivir, entendida como una deconstrucción analítica y dinámica de la realidad, nos abre el acceso a la experiencia del ultraelemento que da unidad a todo el Árbol, el que hace posible que cualquier cosa exista. Nos referimos a la dinámica relacional auto generativa que da condición de existencia al universo, lo que el profesor Maturana definió como Autopoiésis.

Este rápido tour por el Árbol Cibernético nos da luces para aprehender una semántica elaborada que nos permita programar la operación de la máquina a partir de una descripción del fenómeno del vivir actualizada a la realidad contemporánea, sirviendo al mago como herramienta efectiva en la concreción de sus actos mágicos en la Experiencia.

Sigue leyendo la segunda parte: Qábala Cibernética & Magia Contemporánea II

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