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Los Oraculos de Niklas Luhmann

Uno de los efectos evolutivos más importantes de la práctica adivinatoria es su relación circular con la escritura. En parte, la escritura surge precisamente porque ya se saben “leer” los signos adivinatorios y luego hay tan sólo que separarlos de sus objetos (huesos hirvientes, caparazones de tortuga) como ideogramas.

Selección Darwin Gallardo.
 
En el paso de las sociedades arcaicas a las de alta cultura —aun bajo la influencia del esquema familiar/desconocido (oculto, secreto)—, surgen las enseñanzas de la sabiduría, que se desarrollan hasta llegar a ser obras sumamente complejas gracias a la escritura, sobre todo en Mesopotamia y en China. La base de ello la constituye una praxis de adivinación que en parte se utiliza en situaciones políticas y en parte también (casi imposible de separar) en contextos rituales y de vida ordinaria. El estrecho nexo entre adivinación y escritura se debe a que no se distingue entre la esencia de las cosas y la grafía ya que ésta se considera la forma de la esencia. Esto pudo sostenerse mientras no fue una escritura puramente fonética. (Es otra buena prueba de lo mucho que la evolución depende de constelaciones transitorias.) Tanto los signos adivinatorios como la escritura (y hasta las tempranas formas ornamentales del arte) sirven para considerar las líneas visibles como signos de algo invisible. En China se usan “objetos” a la vista de todos (huesos, entrañas de animales sacrificados, sueños, vuelo de pájaros) dotados de cierta complejidad como señales de otros hechos ocultos. La función latente de la adivinación consiste en neutralizar otras influencias sobre el proceso de decisión —por ejemplo, lo fortuito de los recuerdos personales o la presión de las influencias sociales. Podría hablarse también de un mecanismo por el cual el azar se vuelve capaz de aprender por sí mismo. Como resultado surge un sistema enteramente racionalizado de proceder frente a lo desconocido, “la adivinación”, con sus múltiples formas de autoaseguramiento contra la probabilidad de engaño y error —por ejemplo, el extraordinario número de programas concretos condicionales de si-esto/luego-esto que dejan abierta la elección y las posibilidades de combinarla (Mesopotamia); la tendencia gradual hacia la abstracción de los augurios limitando la valoración de los signos de manera favorable o desfavorable; la implementación de profecías que se autocumplen (self-fulfilling) al hacer que lo vaticinado precisamente suceda porque no se cree en el presagio o porque se trata de esquivarlo (Edipo); o la implantación de malentendidos (Grecia) que hacen aparecer casi como algo rutinario que algo se entienda mal y que el oráculo se encargará de confirmar postfactum. Aunque en todo esto el esquema central (superficie / profundidad; manifiesto / secreto; familiar / desconocido; claro / confuso) aparece duplicado, se repite en los signos de ciertos contextos y siempre se localiza como relación duplicada del objeto y no como observación de observaciones (NL SS p. 182).

Lo que salta a la vista en el corpus textual de las enseñanzas de adivinación y lo que determina las expectativas dirigidas a los adivinos, es que el conocimiento se aprehende ahora como algo autorreferencial aunque todavía permanece en el nivel de observaciones de primer orden dentro de una visión inmediata del mundo. Además, a pesar de que ya se usa grafía, aún no hay “sagradas escrituras” que determinen la evolución futura mediante la interpretación de textos canonizados. El mundo de los dioses se disciplina copiando hacia dentro estructuras de la sociedad —sobre todo la de la familia, la del poder político de un dios principal, la de la idea de una contabilidad celestial. Son estas analogías de las estructuras de la sociedad —y no un sentido específico surgido del texto— las que hacen posible la tradición de un saber religioso. El oráculo sabe hacer preguntas e interpretar las respuestas. Su arte es ése y no se verá desplazado ni enloquecido por un dios activo y espontáneo.

Porque todavía se educa de manera oral (a pesar de que ya hay textos disponibles) y porque los textos sólo los entienden los sabios, la sabiduría no es accesible en forma general aunque de ningún modo algo estrictamente secreto. Se basa en las cualidades especiales del sapiente y en la manera como él sabe que sabe y como orienta la vida y enseñanza de acuerdo a eso. La sapiencia premonitoria presenta al saber sobre el trasfondo de la ignorancia y en esa medida es autorreferencial. Su relación con el mundo —a pesar de toda generalización— sólo puede manejarse en forma situacional; en este sentido se parece a la sabiduría popular de los proverbios. Los innumerables enunciados no se relacionan entre sí, sus diferencias no se controlan, no se sistematizan. La sapiencia adivinatoria no es resultado de un análisis lógico, de una metodología para evitar las inconsistencias. En la adivinación las inconsistencias no se perciben y no se registran como algo perturbador ya que de todos modos se sabe que no se sabe, y que con el saber únicamente se jala una parte del ámbito de lo desconocido hacia lo familiar. Justo esta insuficiencia reconocida se compensa con vivir la sabiduría, garantizarla con pureza y presentarla como norma de conducta del clarividente, que habrá de confirmarse en las situaciones, con la diferencia de que sin esta ilustración uno se comportaría de otra manera. Con esta referencia a la conducción de la vida se asegura al mismo tiempo que el sabio vaticinador viva distanciado del comportamiento normal de la capa superior e incluso fuera del orden de los estratos: como profeta, como monje, como exhortador y amonestador. Naturalmente debe quedar presupuesto no cuestionar la autenticidad de los dichos, pues ésta resulta de su misma sabiduría. Se excluye —como mecanismo de control preliminar en vista de posibles opiniones divergentes— tanto la observación de segundo orden como la concordancia con otras opiniones. La sapiencia adivinatoria es una forma de culto basada en la ingenuidad. Los dichos o sentencias emanan sin mediación y justo por eso causan una impresión “sublime”, como diría después la cultura letrada del siglo XVIII (NL SS p. 184).

Uno de los efectos evolutivos más importantes de la práctica adivinatoria es su relación circular con la escritura. En parte, la escritura surge precisamente porque ya se saben “leer” los signos adivinatorios y luego hay tan sólo que separarlos de sus objetos (huesos hirvientes, caparazones de tortuga) como ideogramas 1. Y, en parte, la escritura —que primero se inventa con fines de registro— encuentra en la práctica adivinatoria y en su necesidad de anotar un campo de aplicación tan complejo que induce a la fonetización pero también la bloquea —por ejemplo, en Mesopotamia. En todo caso la simbiosis entre adivinación y escritura es una de las características que distinguen claramente a las altas culturas de las sociedades arcaico-tardías —aunque por mucho tiempo queda intacto todavía el predominio de la comunicación oral (NL SS p. 185).

Parece ser que la escritura más antigua hasta hoy conocida tenía objetivos puramente sacros, o sea, para el trato entre sacerdotes y dioses: se trata (cosa hasta hoy todavía controvertida) de la “escritura” de una cultura balcánica del final del sexto milenio —casi dos mil años antes de la aparición de las primeras escrituras en Mesopotamia2. Tal vez se trate aquí de una variante del cultivo religioso del secreto. No hay indicios de que se haya utilizado en los problemas de comunicación de la vida ordinaria; una prueba más, pues, de que la evolución de las innovaciones adquiere su función definitiva sólo mucho después mediante un cambio de función. Con referencia a la comunicación de la sociedad, el motivo que más se conoce para el surgimiento de la escritura reside en la necesidad de registrar grandes y complejos presupuestos económicos domésticos y, como prolongación de ello, en la necesidad de apoyar la memoria —por ejemplo, de embajadores que todavía tenían que dar a conocer— sus mensajes oralmente. En un principio esto no presupone relación directa con el lenguaje sino tan sólo marcación de objetos. En China el punto de partida parece haber sido la práctica de la adivinación que alcanza a desarrollar una lectura de signos altamente compleja (de huesos correspondientemente preparados, caparazones de tortuga, etcétera). Entonces se sabía leer antes de saber escribir, y la práctica de la adivinación tenía una relación muy concreta y diferenciada con los problemas de la vida cotidiana —de ahí también la demanda correspondiente de riqueza de signos. Puede ser que se haya desarrollado una creciente artificialidad en el intento de dar sentido a las líneas o al tratar de ofrecer una representación a las preguntas y respuestas de ese corpus mágico. Entonces los signos ya sólo se separan de su sustrato y se adaptan para el uso artificial —mutación evolutiva que luego parece efectuarse en muy poco tiempo. Por lo demás, también en Mesopotamia el uso de la escritura para documentar programas de adivinación (enseñanzas de sabiduría) contribuyó esencialmente al desarrollo de la propia escritura; es decir, contribuye a dar inicio a la fonetización al mismo tiempo que bloquea el paso hacia una escritura plenamente fonética. Todo esto fue posible sin que se pensara en el uso comunicativo de la escritura (NL SS p. 201).

El uso comunicativo de la escritura presupone lectores, o sea, presupone una literalidad difundida. Por eso mucho antes de que se alcance tal circunstancia, hay que contar con un uso política y religiosamente expresivo —cercano a lo mágico— de la escritura, con lo cual la escritura, seguramente cercana a las representaciones mágicas, impresiona a una población analfabeta. Esto es válido para el antiguo reino de Egipto, pero también para otros muchos casos, sobre todo cuando se difunde la escritura en regiones hasta ese momento incivilizadas o poco civilizadas. De esa manera, la escritura se sitúa en un plano funcional a donde concurren a lograr efectos también la pompa, las imágenes, los edificios (NL SS p. 203).

Cabría preguntarse cómo se relaciona la cultura de la sabiduría adivinatoria —desarrollada de esta forma— con las técnicas de distinción de toda comunicación plena de sentido. Por un lado, la adivinación es impensable sin la distinción de lo oculto y tiende ella misma a desarrollar un código de signos favorables/desfavorables; por otro, obviamente no conserva aquella relación con los esquematismos binarios que caracteriza a las “prudentien” de la tradición grecorromana. Estos esquematismos a su vez determinan la semántica vétero europea hasta bien entrada la época moderna. En el caso de estas “prudentien” se trata de racionalidad en un sentido muy distinto, a saber, de consejo para formas de conducta que se ven confrontadas con una diferencia —sea la diferencia pasado/futuro, sea la diferencia moral, es decir, la posibilidad de que otros puedan actuar tanto bien como mal. Las “prudentien” entonces pueden relacionarse con la dimensión temporal y la dimensión social en un sentido muy distinto al de las sabidurías proféticas; por esto pueden considerarse —en sentido evolutivo— como “preadaptative advances” de las racionalidades de nuevo cuño (NL SS p. 186).

En un primer momento, la escritura recientemente surgida parece acaparar totalmente la religión. La escritura se vuelve el medio más importante de domesticar el mundo de los dioses. Los dioses de Mesopotamia, como ya se dijo, fijan el destino de forma escrita y con ello legible. Desde luego que en símbolos secretos, que muy pocos pueden leer. La adivinación, la consulta religiosa de la vida por tanto, se vuelve asunto de una élite que domina la escritura. Contra ello se desarrolla más tarde, recurriendo a antiguas tradiciones de culturas orales, a sueños, visiones y estados de trance, la religión de los profetas. Aquí la divinidad se vuelve activa, inspira a los profetas ad hoc, da órdenes, advertencias y explica su propia voluntad . Ahora Dios se acredita como potencia volitiva y como Dios observador, como un Dios que interviene y con el que hay que contar como persona. La política y la religión pueden separarse. Este desarrollo vuelve de todos modos a ser apresado prontamente por la escritora, cuanto más que ahora se encuentra disponible la escritura fonética. Se informa de manera escrita acerca de los sucesos de la comunicación atestiguada proféticamente. Los informes, que deben volver creíble lo increíble, incluyen también las reacciones de los testigos. Se pintan como narraciones. Por cierto que luego la religión debe protegerse contra intervenciones siempre nuevas. Esto requiere a su vez escritora. Los profetas aceptan dictados de su Dios o dictan ellos mismos. Finalmente, en el caso del Sinaí, el texto es escrito por el mismo Dios. Pero la representación sigue siendo la de un Dios que comunica inspiradamente y que acompaña la vida humana como observador dispuesto a intervenir. (NL RS p. 226)

1 Léon Vandermeersch explica así lo súbito del surgimiento de una escritura suficientemente compleja en China por la mutación de los signos adivinatorios
2 Por cierto, también para Mesopotamia hay que suponer que las inscripciones en las estatuas de los templos se conciben primeramente como comunicado a los dioses para grabar su memoria, y sólo hasta más tarde como participación comunicativa a las futuras generaciones.
 

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